El protectorado de Venezuela - Cómo la guerra exterior de Trump refleja su asalto a la democracia interna
La prepotencia imperialista demostrada en
Venezuela es un reflejo directo de las tendencias anticonstitucionales y
fascistizantes que se consolidan dentro de EEUU.
La reciente intervención militar de EEUU en
Venezuela, que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la
captura de buques petroleros en aguas internacionales, no es un acto aislado. Es
la inauguración de un paradigma de agresión imperialista que manifiesta la más
cruda y violenta transformación en la política global y doméstica de EEUU bajo
la segunda administración de Donald Trump.
Este asalto trasciende el tradicional
"cambio de régimen" para imponer un protectorado económico y político
de facto, sentando un precedente de consecuencias incalculables para el orden
mundial.
La liquidación de la soberanía venezolana es
la exportación de una lógica de poder que ya no se molesta en usar la
"demagogia democrática" como coartada. Este doble movimiento, hacia
la agresión externa y la descomposición interna, está provocando una ruptura
histórica del orden de la posguerra. Este cambio de época no es otro que el fin
de la ‘globalización’ y el estallido de las contradicciones que arrastran al
mundo hacia una nueva era de conflicto abierto.
Para ilustrar la magnitud de esta fractura histórica, dividimos el análisis en dos partes. La primera analizará la identidad fundamental entre la política exterior e interior de Trump, demostrando cómo la agresión en el Caribe es el espejo de su asalto al estado de derecho en su casa. La segunda parte explorará las vastas implicancias geopolíticas de esta nueva doctrina, desde la redefinición de las relaciones en América Latina hasta la reconfiguración del tablero de poder global entre EEUU, China, Rusia y Europa.
Espejo del Imperio: agresión externa y
descomposición interna
La operación en Venezuela no es una mera
intervención; inaugura un paradigma de pillaje imperialista diseñado para el
control directo, no ya para el simple cambio de régimen. Su objetivo es
apoderarse de todos los resortes de la industria petrolera y, con ellos, del
comercio exterior del país, convirtiendo a la nación caribeña en un
protectorado moderno. Este modelo de bandidaje colonial, ejecutado con una
brutalidad sin precedentes en la historia reciente de la región, busca someter
por completo la economía venezolana.
La intervención se materializó a través de
una serie de acciones contundentes:
* La
captura de buques petroleros venezolanos, incluyendo uno de bandera rusa en el
Atlántico Norte, como parte de un bloqueo naval para asfixiar las
exportaciones.
* El
secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, en una operación militar que dejó un
saldo de al menos 80 víctimas, incluyendo 24 agentes de seguridad venezolanos,
32 militares cubanos y siete soldados estadounidenses heridos.
* El
anuncio unilateral de Trump de tomar control de los ingresos petroleros de
Venezuela y forzar al país a gastarlos exclusivamente en la compra de productos
estadounidenses, nacionalizando de facto el comercio exterior venezolano bajo
la batuta de la nación invasora.
* La
instalación de un gobierno interino bajo la dirección de Delcy Rodríguez,
quien, a pesar de su retórica de "cooperación en el cuadro de la ley
internacional", opera bajo el control de facto de EEUU.
La reacción del gobierno venezolano
remanente fue una capitulación casi total. La prensa oficialista describió el
despojo como un "acuerdo estrictamente comercial" basado en el
"beneficio mutuo", una narrativa que contrasta dolorosamente con la
realidad de la humillación nacional. La propia Delcy Rodríguez, mientras el
país estaba bajo asedio militar, calificó el secuestro de Maduro como "una
mancha en nuestras relaciones", pero insistió en que "no son extraordinarias
ni irregulares las relaciones con los EEUU". Esta sumisión fue
precisamente lo que Trump buscaba: un gobierno que administrara el protectorado
sin necesidad de una ocupación militar en gran escala.
El carácter colonial de la operación quedó
inmortalizado en las palabras de Trump, quien sentenció la nueva relación de
vasallaje. Su política fue confirmada por el Departamento de Energía al
detallar que “Todos los ingresos se liquidarán primero en cuentas controladas
por EEUU”.
"Venezuela se compromete a comprar solo
productos hechos en Estados Unidos con el dinero que reciba de nuestro nuevo
acuerdo petrolero."
La brutalidad de esta acción exterior no es una anomalía, sino la extensión lógica de una doctrina política que ya se aplica con fuerza dentro de las fronteras de EEUU, donde el asalto a las instituciones democráticas se ha convertido en la norma.
El Reflejo Doméstico
Para entender la brutalidad en Venezuela,
hay que mirar hacia Washington, pues la aniquilación de la soberanía ajena es
la exportación directa de la doctrina anticonstitucional que Trump ha
perfeccionado en casa. El abandono de las justificaciones
"democráticas" para la guerra exterior corre en paralelo al
desmantelamiento de las normas constitucionales en el frente interno.
Un contraste entre dos momentos clave ilustra
esta evolución. El fallido asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, apoyado
por una "cohorte de lúmpenes", fue la prueba de concepto; el asalto a
Venezuela seis años después, respaldado por Wall Street, la CIA y el poder
judicial, es la doctrina perfeccionada y en pleno funcionamiento. La operación
demostró una "enorme cohesión del aparato de Estado del
imperialismo", con el respaldo explícito de la oligarquía financiera (Jeff
Bezos), el apoyo operativo de la CIA, la complicidad del poder judicial y el
silencio de un Congreso en receso virtual.
Las tácticas de Trump en EEUU encuentran un
eco directo en las de sus aliados autoritarios, como Javier Milei en la Argentina.
Ambos líderes han empleado métodos similares para concentrar poder y reprimir
la disidencia:
* Uso de
decretos para el espionaje interior: Milei ha habilitado por decreto a la
agencia de inteligencia (SIDE) para detener personas sin autorización judicial.
De manera análoga, Trump ha enviado a la Guardia Nacional a las ciudades de
EEUU para "secuestrar opositores e inmigrantes" mediante detenciones
extrajudiciales.
* El abandono de la "demagogia democrática" como justificación para la intervención en Venezuela es la prueba definitiva de que Trump no busca exportar la democracia, sino un modelo de dictadura complaciente, el mismo que intenta imponer en casa. Esta estrategia no es improvisada, sino que se sustenta en un marco ideológico que formaliza la ruptura con el pasado.
Un fascismo de alcance global
El manifiesto ideológico que formaliza la
nueva doctrina de Trump es el documento de "Estrategia de Seguridad
Nacional". Este texto no es una simple actualización de políticas, sino
una declaración de guerra contra el orden liberal internacional y las bases
para un nuevo tipo de autoritarismo de alcance global. Representa una ruptura
histórica con la política exterior estadounidense de las últimas décadas,
articulada en torno a varios pilares fundamentales:
* Abandono
de alianzas: el documento "desdeña a Europa", siendo calificado por
medios como Le Monde como una "ruptura histórica" y una
"división final" con la OTAN. Se abandona la idea de una comunidad de
democracias para dar paso a una política de imposición unilateral.
*
Justificación fascista: su argumento central es que EEUU ya “no puede soportar
los costos” de la economía mundial y debe optar por una "salida
nacional" a la crisis. Esta es, en esencia, la premisa histórica del
fascismo.
* Ataque a
la "ideología liberal": la estrategia se alinea explícitamente con el
"soberanismo" europeo y los partidos históricamente fascistas,
atacando frontalmente a los partidos demócratas tradicionales de Europa y EEUU.
Busca construir una internacional de ultraderecha con Trump a la cabeza.
* Guerra
por la hegemonía del dólar: el documento declara que cualquier acción estatal
que desafíe la dominación del dólar es una causa de guerra. Esta es una amenaza
directa a los países del bloque BRICS, que han comenzado a utilizar monedas
alternativas en su comercio recíproco.
A través de esta estrategia, Trump se
posiciona a la cabeza de la construcción de una internacional fascista con sucursales
extranjeras". No son ya alianzas, sino una estructura jerárquica de
subordinación al poder estadounidense. Esta doctrina, codificada en Washington,
no es teórica; sus ondas de choque ya están redibujando a la fuerza el mapa de
América Latina y reconfigurando el tablero del poder mundial.
Ruptura del orden mundial: una potencia sin ley
La intervención en Venezuela no solo
resucita la anacrónica Doctrina Monroe ("América para los
americanos"), sino que le añade una adición brutal: el "Corolario
Trump". Esta nueva doctrina implica el manejo directo de la economía y la
política de cada país de la región "con un revólver en la cabeza". El
protectorado de facto impuesto en Venezuela es un modelo que se pretende
extender, directa o indirectamente, al resto del continente, convirtiendo el
hemisferio en un campo de batalla de la guerra mundial por los recursos.
El impacto de esta nueva política ya es
visible en los actores clave de la región:
* Colombia:
el presidente Gustavo Petro, a pesar de una retórica inicial antiimperialista,
terminó capitulando. Su propuesta de un "diálogo tripartito" con
Trump y Delcy Rodríguez constituye un aval completo al protectorado, demostrando
la enorme presión que ejerce Washington sobre sus vecinos.
* Cuba: la isla
enfrenta amenazas directas. El secretario de Estado Marco Rubio advirtió al
gobierno de La Habana que debería estar "preocupado", mientras que
Trump anunció su intención de cesar el abastecimiento de crudo venezolano con
el claro propósito de convertir a Cuba también en un protectorado.
*
Argentina: ni siquiera los aliados ideológicos como Javier Milei están a salvo.
A pesar de su alineamiento con Trump, sus políticas de importaciones
indiscriminadas han beneficiado a China. La falta de apoyo a su gobierno por
parte del Tesoro norteamericano ante el vencimiento de intereses de deuda en
este comienzo de año demuestra que la lealtad no garantiza protección en esta
nueva era de pillaje.
La conclusión es inequívoca: el asalto a Venezuela es un asalto político contra toda América Latina. Está diseñado para dictar la política económica y exterior de cada país, someter a sus gobiernos y excluir a rivales estratégicos como China y la Unión Europea de la región. Este reordenamiento forzoso del "patio trasero" es solo una pieza en el rompecabezas de una competencia mucho más amplia entre las grandes potencias globales.
El tablero mundial: contra rivales y aliados
La acción en Venezuela debe entenderse como
una jugada central en una guerra imperialista mundial. Su propósito es
reconfigurar violentamente las relaciones de poder con China, Rusia y Europa,
desmantelando el sistema de alianzas y reglas que ha gobernado las relaciones
internacionales durante décadas.
El impacto de esta estrategia unilateral se
extiende a todas las grandes potencias:
* China: el
monopolio sobre el petróleo venezolano es una herramienta para redoblar las
"extorsiones a China", su principal comprador. Trump busca
condicionar el suministro de crudo a las concesiones de Pekín en la guerra
comercial y tecnológica, utilizando la energía como un arma de presión directa.
* Rusia y
Ucrania: Trump planea un "cese del fuego" en Ucrania mediante un
pacto directo con Putin. Este acuerdo implicaría el "despedazamiento
nacional de Ucrania" y la consolidación de la influencia rusa, lo que
pondría "una bomba de tiempo en el bajo vientre del imperialismo de las
potencias de Europa", debilitando fatalmente a la OTAN.
* Unión Europea:
la UE respondió con sutil complicidad y genuflexión. Su discreto comunicado
ante la operación en Venezuela y su silencio frente a la amenaza de Trump de
ocupar Groenlandia revelan su impotencia. La pérdida de Groenlandia, un
territorio estratégico, representaría un golpe fatal para los imperialismos
europeos y la viabilidad de la UE como bloque geopolítico autónomo.
Las acciones de Trump están diseñadas para
desmantelar alianzas, enfrentar a capitales entre sí y desplazar los conflictos
hacia nuevas y más peligrosas escalas. La agresión contra Venezuela no es un
hecho regional, sino el primer acto visible de una "guerra imperialista
mundial" que busca reafirmar la hegemonía estadounidense por la fuerza
bruta. Sin embargo, esta estrategia de piratería se enfrenta a contradicciones
económicas que la hacen insostenible a largo plazo.
Impotencia económica y contradicciones del
saqueo
A pesar de la abrumadora demostración de
fuerza militar, la ofensiva de Trump es, en última instancia, impotente desde
el punto de vista económico. Lejos de ofrecer una solución a la crisis del
capitalismo, esta política de saqueo agrava la inestabilidad del sistema
mundial al chocar con contradicciones estructurales insalvables. La lógica del
pirata, centrada en el botín inmediato, ignora las complejas realidades del
mercado global.
La siguiente tabla resume las principales contradicciones de la intervención:
La lógica de piratería de Trump se estrella contra la realidad económica: su asalto es un acto de bandidaje impotente que, lejos de asegurar el botín, solo acelera el naufragio del sistema que pretende dominar.
Una nueva época de guerra mundial
La agresión imperialista en Venezuela y el
asalto a la democracia dentro de EEUU no son fenómenos paralelos, sino dos
caras de la misma moneda. Ambos procesos marcan la consolidación de una nueva
doctrina política que abandona las formas del orden liberal para abrazar
abiertamente la lógica de la fuerza, la sumisión y el saqueo. Este es el rostro
de un imperialismo en decadencia que recurre a la violencia para intentar
revertir su declive.
Asistimos a un cambio de época. El fin de la
'globalización' y el 'neoliberalismo' ha dado paso al estallido de las
contradicciones acumuladas durante décadas: el conflicto irresoluble entre la
internacionalización de las fuerzas productivas y la acumulación de capital sobre
bases nacionales. La guerra se convierte así en la única salida que el sistema
encuentra para intentar reestructurar el poder y los mercados.
El asalto a Venezuela es, por tanto, parte
de una guerra mundial desatada por el imperialismo que amenaza con arrastrar a toda
la humanidad a la catástrofe. Esta espiral de violencia solo puede ser detenida
por una acción histórica de las clases explotadas a nivel global, cuyo objetivo
debe ser convertir la crisis que alimenta la guerra en la tumba definitiva del
imperialismo.




